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De cómo El Gran Paulino, cómico de la lengua y del alma, honró los caminos del reino con su risa

En estos tiempos tan mudables y acelerados, en los que las pantallas reemplazan a las palabras, y los ecos del teatro se pierden entre luces de neón y filtros de cristal líquido, justo es que rescatemos del polvo del olvido la memoria de un varón singular, cuyo nombre fue Paulino, aunque en las tablas se le conoció con gran honra y no menor sorna como "El Gran Paulino", en alusión jocosa y respetuosa al insigne inglés Laurence Olivier, mas con genio muy castizo y risa bien española.

Este caballero de la comedia, que no blandía espada sino verso, ni asaltaba castillos sino corazones, perteneció a esa ilustre y menguante orden de los cómicos de la legua, que iban de villa en aldea, de corral en plaza, llevando consigo más ingenio que dineros, y más alma que vestidura.

Decíase que en los pueblos por donde pasaba —ya fueran Cebolla o Illán de Vacas, o en los confines de Toledo— las viejas dejaban la costura, los niños olvidaban la honda, y hasta los alcaldes interrumpían el pregón para acudir a verle recitar, cantar y mofarse de los poderosos con el arte del disimulo que solo el cómico avezado conoce.

Mas como todo caballero tiene su desventura, también Paulino hubo de colgar su jubón y dejar la escena cuando el amor, ese amo más fuerte que la fama, lo llevó a la capital del reino, donde abrió horno y vendió pan en el barrio de Lucero. Mas su alma, siempre inquieta, añoraba las bambalinas como el caballero añora la liza, y así retornó al mundillo del espectáculo, aunque los tiempos ya eran otros y los juglares modernos llevaban cámara en vez de tamboril.

Así fue que el buen Paulino apareció como extra y figurante en empresas tales como Juana la Loca: de vez en cuando (haciendo de monje escolta de Quique Camoiras), o como elfo de espada en el Dragón del Lago de Fuego, sin olvidar sus memorables gestas televisivas en el "Un, dos, tres...", donde, siendo "feo" con honra, acompañó en chanzas a Raúl Sender y Bigote Arrocet, más valientes en la risa que cien caballeros de lanza en ristre.

Mas no fue solo actor, sino también padre de estirpe, pues dejó heredero: llamado en los lares digitales superdavitm, quien trocó las tablas por las notas, y las plazas por los podcasts, llevando así la sangre del cómico por otras sendas de arte.

Y así, con pluma de gallina y tinta de calamar —como él decía entre bromas y coplas—, quedó escrita en la memoria la vida del Gran Paulino, cómico de la lengua y del alma, caballero de la risa, cuyo juramento postrero fue:

“Prométeme que esto no caerá en el olvido; que algún día se sabrá quién fui.”

Y así será mientras haya blogs como este, plumas como la nuestra, y corazones que aún sepan reír.


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