Y aconteció que Avatarín, caballero de tez azulada y mirada de otros mundos, tras larga jornada de contemplar pantallas grandes como murallas, hallóse rendido no por dragón ni hechicero, sino por el hambre más terrenal.
Sentóse, pues, ante una pizza humeante —redonda cual escudo de infantería— y, sin perder honra ni compostura, dio buena cuenta de ella como quien repone fuerzas antes de nueva cruzada cinematográfica. Porque no hay épica sin sustento, ni viaje intergaláctico que resista estómago vacío.
Así departimos en Pantalla Grande sobre Avatar, sus mundos lejanos y ese espectáculo que solo en sala oscura revela su verdadera nobleza. Cine que no solo se mira, sino que se vive… aunque a veces obligue a hacer tregua para cenar 😅
▶️ Ved la crónica completa aquí:
Si quieres, puedo hacer otra versión aún más arcaica, o una más humorística tipo Sancho Panza, o adaptarla a Instagram con menos texto.