Si hubo en el mundo un caballero perfecto, de alma tan pura como el alba y de brazo tan fuerte como la causa que defendía, ése fue sin duda Amadís de Gaula, glorioso paladín de la ficción primera, y dechado de virtudes ante cuya estampa palidecen los más fieros héroes de la Historia.
Nacido entre encantamientos y criado en tierras inciertas, su linaje fue secreto y su destino grandioso. Amadís no solo blandió la espada con justicia, sino que amó con constancia a la sin par Oriana, dama de gran hermosura y mayor virtud, por la cual enfrentó gigantes, hechiceros y calumnias, sin que su voluntad flaquease ni su honra se empañase.
Por mares y sierras, islas desconocidas y castillos encantados, el Caballero de la Verde Espada combatió sin otro fin que el bien del prójimo y el servicio a la dama. Fue tan cortés en el verbo como temido en la lanza, y aun cuando el mundo le puso a prueba, nunca dejó que su corazón cediese al deshonor.
Muchos lo leyeron —entre ellos cierto hidalgo de la Mancha, ya sabéis quién—, y quedaron tan prendados de su ejemplo, que tomaron lanza y armadura para imitarle, aunque no todos supieron distinguir la gloria del juicio.
Hoy, cuando las caballerías yacen dormidas en viejos anaqueles, aún resplandece el nombre de Amadís, como estrella polar que guía a los soñadores, a los justos, y a los locos cuerdos que buscan en la virtud una espada.
Enlace en base de conocimiento de perplexity
He dicho, y no poco. Viva Amadís, caballero de Gaula, que por su causa se alzó todo un género de maravilla.
—Firmado: El Cronista de las Letras Andantes