En los verdes y nublados parajes de la Inglaterra antigua, donde la niebla danza con los robles y los caminos susurran leyendas, moraba un hombre de figura altiva y mirada encendida, cuyo nombre resonaba en tabernas y castillos con igual mezcla de temor y fascinación: Dick Turpin, caballero de sombra y pólvora, ladrón de caminos y espíritu indómito.
No fue Turpin un caballero según los cánones del sacrosanto Amadís, ni se le vio en corte alguna rindiendo armas ante reyes ni emperatrices; mas sí montaba su corcel —llamado Black Bess— como si de Rocinante se tratara, cruzando los campos y calzadas con el estruendo de una causa que sólo él entendía. Y aunque su espada fue pistola, y su escudo el antifaz de la noche, no faltó quien le pintase con tintes de leyenda, robando a los ricos y burlando a los alguaciles con el arte que sólo los pícaros de corazón noble conocen.
Hay quien dice que voló de York a Londres en un día —cosa harto imposible si la razón habla, pero muy probable si la fantasía cabalga—. Otros aseguran que fue traicionado, colgado y olvidado. Pero en las baladas de bardo y en las páginas de novela, su figura se yergue gallarda como la de un nuevo Don Quijote… aunque sin escudero ni molinos, y sí con trabuco y capa.
¿Fue Dick Turpin un ladrón o un caballero enmascarado por las circunstancias? ¿Un villano o un héroe de los pobres tiempos? Eso, buen lector, lo decide el corazón del que escucha.
Y así termina esta nota, escrita no con tinta, sino con el polvo de los caminos por donde aún cabalga, en alguna dimensión de la memoria, el último caballero bandido.
—Firmado: El Cronista de las Letras Andantes.